El nuevo héroe (y II)

Todas las cosas, por mucho empeño que pongamos en conseguirlas, si tardan en llegar, acaban pasando a un segundo plano y luego a un tercero, y así hasta que te parece increíble que una vez te importaran muchísimo… eso es lo que me ocurrió con la estatua del monopatinero… al principio pensaba que todas las llamadas que me llegaban eran para decirme cuándo me recibiría el concejal, pero luego ya ni me acordaba de que había pedido cita con él, y tampoco me molestaba el individuo colocado sobre el pedestal.

Yo prometí contar la historia, y, como permanecía en suspenso…, pues también me olvidé de la promesa… hasta ayer, día en que, por fin, fui recibida en el ayuntamiento por un perplejo concejal de urbanismo, que no se imaginaba lo que yo quería.

El hombre, de mediana edad, bastante morenito después de quince días en Ibiza, me recibió en su despacho con cierta displicencia pero sonriendo educadamente. Pensé que padecía el síndrome pos vacacional, pero luego supe que era así todo el año.

Escuchó mi presentación con la mente en la playa, supongo, porque me miraba con cara beatífica, aunque me daba cuenta de que, por supuesto, no me veía.

Yo me iba encogiendo por momentos. La sensación de bochorno que me invadía crecía a la par que me acercaba sin remedio al asunto que me había llevado hasta allí y que ahora veía con un poco más de objetividad; ¡Qué tontería más grande! y además con la actitud de mi interlocutor… ¡ojalá me tragara la tierra…!

Pero no lo hizo… pasados unos minutos, después de presentarme, la garganta se me quedó seca y sólo veía unos ojillos saltones mirándome con impaciencia mal disimulada. Estaba esperando que hablara para despacharme con cualquier excusa y terminar esa importuna entrevista conmigo.

Tenía que hablar… y hablé. Una vez que salió la primera palabra, las demás fueron detrás en cascada para finalizar cuanto antes aquel momento estúpido.

Me quedé esperando una carcajada o algo similar; entonces miré al concejal por primera vez desde que empecé la retahíla y vi algo que no me esperaba, estaba rojo, conteniendo su ira, parecía a punto de estallar, ¿por qué no me tragó la tierra cuando se lo pedí…? ¿Podría ponerme una multa o meterme en la cárcel por hacerle perder el tiempo con esa sarta de sandeces?

Pero tras unos segundos que a mí me parecieron horas, recobró su compostura y me dio las gracias mientras me acompañaba a la puerta…

(¡Y yo me prometí cien veces que nunca contaría esto a nadie…!)

Llegué a mi casa y me metí dentro echando virutas… no quería ver a persona alguna, pero sobre todo, no quería que me vieran. Me pasé todo el camino de vuelta sospechando que todo el mundo murmuraba y se mofaba de mí…

 

Estatua “okupa” Fotomontaje de Mª Gracia Morales

 

 

 

Hoy por la mañana estaba cortada la calle donde se erguía la estatua. Había un camión de bomberos con la escalera desplegada hacia el pedestal y el concejal en persona blandía un altavoz con el que increpaba al “héroe” para que bajara de allí. La gente que había llegado antes que yo me contó que le habían hecho llegar los papeles del registro de la propiedad referidos al pilar y el pedestal, que estaban a nombre de la estatua en restauración, por tanto, el actual usuario era un okupa…

Parece ser que ni se dignó leerlos, los arrojó al aire y se bajó de la columna despreciando la escalera que tan gentilmente le habían colocado.

Ahora no hay nada allí arriba, y me arrepiento de haber montado todo ese jaleo, porque mientras estuvo el skater aquello no estaba vacío. ¡Vete a saber cuándo tienen arreglado al vejete a caballo propietario del lugar…!

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