¿Navegar sin temor?

La primera vez que me lancé al mar, no tenía ni idea de navegación, pero pensaba que no necesitaba saber demasiado, que sería fácil. La verdad es que los barcos se construyen para vencer el embate de las olas y superar las tempestades cuando se presenten, pero no basta con echarse al agua, hay que tener ciertos conocimientos para no perder el rumbo o naufragar luchando contra los elementos.

Yo me metí de cabeza en mi primer viaje sin pensar demasiado en si estaba preparada o no, y no diré que me fue mal del todo, pero me di cuenta de que no tenía ni idea… eso te da experiencia supongo, porque la siguiente vez procuré tener preparadas algunas cosas antes de romper las aguas con mi quilla.

¿Cuántas veces navegué después? Muchas y cada nueva singladura me parecía más difícil y preocupante. Pensaba demasiado en los pros y los contras y me sentía incapaz de hacerlas… ¡Qué contradicción! La experiencia acumulada me hacía insegura y miedosa. En lugar de pensar en cuántas tormentas había logrado capear sin daño, sólo recordaba la angustia pasada en aquellos momentos y me acobardaba. El mar me esperaba otra vez y yo prefería quedarme en dique seco. Olas minúsculas se me antojaban tsunamis, una llovizna era tormenta y la subida de la marea me parecía una marejada descomunal… ¿qué me estaba pasando?

Todos esos cruceros me habían enseñado mucho, tantas idas y venidas, tantos recorridos… había éxitos y fracasos, alegrías y tristezas, triunfos y derrotas… Muchas satisfacciones y algunas decepciones… y yo fui a depositar en la memoria el dolor de los fracasos, las tristezas y las derrotas, me quedé con las decepciones… ¿Dónde estaba el espíritu de aventura que me acompañó al principio? ¿Qué había sido de mi afán por superar retos cada vez más difíciles? ¿Eso era hacerse mayor…?

Entré en una espiral de autocompasión pensando sin descanso en lo poca cosa que soy y lo grande que es el océano.

Nadie podía convencerme de que era apta para seguir navegando, yo no quería poner proa a ninguna parte, y sólo yo tenía el poder de avivar el deseo de regresar al mar, aunque entonces no lo sabía…

Me cansé de la experiencia que enseña, porque lo hace siempre con un toque de dolor; ¿Por qué no se instruye una con los momentos de felicidad y éxtasis…? ¿Por qué sólo se aprende de las desilusiones..? ¿Por qué llega el éxito después de muchos fracasos…? No me parecía justo…

Navegando Fotografía de Mª Gracia Morales

Parece mentira, pero donde más se oxida un barco es fuera del agua…

Estuve así una temporada, no conseguía ver más que mi miseria, mi poco poder, mis carencias, y el mar, que era mi razón de ser, me resultaba extraño.

Un día, después de intentarlo sin ganas muchas veces, conseguí ver un poquito de cielo por encima de mí, en realidad creo que aparté la nariz del muro sin darme cuenta, y pensé que quizá podría navegar de nuevo, empezando en un estanque, para ver qué tal, y luego quizá podría ir a un lago para retirarme allí en mi vejez prematura… regresar no es fácil ni rápido…

Nadie podía hacer ese esfuerzo por mí, y aunque no estaba sola, las decisiones grandes o pequeñas eran mías y yo las debía tomar…

¡Y las tomé…! He vuelto a navegar; de nuevo me ha educado un fracaso; he aprendido a valorar los triunfos, las alegrías y los logros por pequeños que sean. Me di cuenta de que la felicidad y el éxtasis llegan cuando has luchado con el mar a brazo partido y has vencido, que las satisfacciones son el fruto de algunos sacrificios, que los fracasos te muestran el camino del éxito y que el dolor no es tan malo, porque sin él no habría luces entre las sombras.

Nadie podía decidir por mí… pero yo sola nunca me habría enfrentado a nada…

 

El nuevo héroe (y II)

Todas las cosas, por mucho empeño que pongamos en conseguirlas, si tardan en llegar, acaban pasando a un segundo plano y luego a un tercero, y así hasta que te parece increíble que una vez te importaran muchísimo… eso es lo que me ocurrió con la estatua del monopatinero… al principio pensaba que todas las llamadas que me llegaban eran para decirme cuándo me recibiría el concejal, pero luego ya ni me acordaba de que había pedido cita con él, y tampoco me molestaba el individuo colocado sobre el pedestal.

Yo prometí contar la historia, y, como permanecía en suspenso…, pues también me olvidé de la promesa… hasta ayer, día en que, por fin, fui recibida en el ayuntamiento por un perplejo concejal de urbanismo, que no se imaginaba lo que yo quería.

El hombre, de mediana edad, bastante morenito después de quince días en Ibiza, me recibió en su despacho con cierta displicencia pero sonriendo educadamente. Pensé que padecía el síndrome pos vacacional, pero luego supe que era así todo el año.

Escuchó mi presentación con la mente en la playa, supongo, porque me miraba con cara beatífica, aunque me daba cuenta de que, por supuesto, no me veía.

Yo me iba encogiendo por momentos. La sensación de bochorno que me invadía crecía a la par que me acercaba sin remedio al asunto que me había llevado hasta allí y que ahora veía con un poco más de objetividad; ¡Qué tontería más grande! y además con la actitud de mi interlocutor… ¡ojalá me tragara la tierra…!

Pero no lo hizo… pasados unos minutos, después de presentarme, la garganta se me quedó seca y sólo veía unos ojillos saltones mirándome con impaciencia mal disimulada. Estaba esperando que hablara para despacharme con cualquier excusa y terminar esa importuna entrevista conmigo.

Tenía que hablar… y hablé. Una vez que salió la primera palabra, las demás fueron detrás en cascada para finalizar cuanto antes aquel momento estúpido.

Me quedé esperando una carcajada o algo similar; entonces miré al concejal por primera vez desde que empecé la retahíla y vi algo que no me esperaba, estaba rojo, conteniendo su ira, parecía a punto de estallar, ¿por qué no me tragó la tierra cuando se lo pedí…? ¿Podría ponerme una multa o meterme en la cárcel por hacerle perder el tiempo con esa sarta de sandeces?

Pero tras unos segundos que a mí me parecieron horas, recobró su compostura y me dio las gracias mientras me acompañaba a la puerta…

(¡Y yo me prometí cien veces que nunca contaría esto a nadie…!)

Llegué a mi casa y me metí dentro echando virutas… no quería ver a persona alguna, pero sobre todo, no quería que me vieran. Me pasé todo el camino de vuelta sospechando que todo el mundo murmuraba y se mofaba de mí…

 

Estatua “okupa” Fotomontaje de Mª Gracia Morales

 

 

 

Hoy por la mañana estaba cortada la calle donde se erguía la estatua. Había un camión de bomberos con la escalera desplegada hacia el pedestal y el concejal en persona blandía un altavoz con el que increpaba al “héroe” para que bajara de allí. La gente que había llegado antes que yo me contó que le habían hecho llegar los papeles del registro de la propiedad referidos al pilar y el pedestal, que estaban a nombre de la estatua en restauración, por tanto, el actual usuario era un okupa…

Parece ser que ni se dignó leerlos, los arrojó al aire y se bajó de la columna despreciando la escalera que tan gentilmente le habían colocado.

Ahora no hay nada allí arriba, y me arrepiento de haber montado todo ese jaleo, porque mientras estuvo el skater aquello no estaba vacío. ¡Vete a saber cuándo tienen arreglado al vejete a caballo propietario del lugar…!

El nuevo héroe.

¿Cuándo cambiaron la estatua…? hoy alcé la mirada y me encontré con el nuevo héroe. Me quedé pensativa, de pronto no sabía quién estaba allí antes, ni siquiera en qué forma, tal vez una estatua ecuestre o un busto… seguramente sería de bronce, no lo recuerdo. Tuve la misma sensación de cuando abren una tienda nueva e intento rebuscar en mi memoria qué había en aquel local la semana anterior.

Pero esto era un poco diferente, era una efigie, algo que sirve para ensalzar los méritos de alguien, un objeto para admirar y quedarse boquiabierto con las hazañas del ídolo que representa, un símbolo de valor, y yo me preguntaba qué proezas habría hecho el personaje que blandía orgulloso su monopatín allí arriba, subido en una columna, a la vista de todos los viandantes.

Nunca me pregunté qué llevó al anterior inquilino de la peana a ocupar ese puesto, llevaba allí toda la vida, pero el actual me resultaba inquietante, quizá fuera porque no iba montado a caballo… o yo qué sé, puede que fuera una cosa sin importancia, pero no me dejaba tranquila. Entonces decidí comenzar mis pesquisas.

Pregunté a los vecinos y comerciantes de la zona y me enteré de muchas cosas, no todas relativas a la estatua, claro está.

De la figura supe que la anterior imagen se cayó una noche, nadie sabía por qué, y se la llevaron a restaurar… (Yo me quedé muy preocupada porque paso por allí a diario y no me había dado cuenta de nada…) de esto hacía más de una semana…(¡Horror…!) y al parecer, otra noche, haría dos o tres días, colocaron la nueva, (¡Dos o tres días…! ¡Necesito vacaciones ya…!) eso supe por el vecindario. Y aparte de dejarme hecha polvo por mi despiste, (¡¡¡¡¡NO IMAGINABA QUE PODÍA ESTAR TAN MAL!!!!) me quedé con muchas dudas y, no sé por qué, de verdad que yo no soy así, me puse  a indagar más a fondo.

Foto montaje de Mª Gracia Morales
¿Héroe pretérito? Foto montaje de Mª Gracia Morales

 

Mientras llegaba la cita en el ayuntamiento con el concejal de urbanismo, hasta ahí alcanzaba mi paranoia, buscaba por mí misma los posibles motivos de que esa imagen estuviera allí.

La verdad es que las cabriolas que hacen los skaters son impresionantes, arriesgadas… pero… ¿Por quién las hacen…? ¿Son un bien para la comunidad…? ¿Salvan vidas…?

Tengo una amiga que vive al lado de un parque de skate y… no sé si salvan algo, pero los oídos… como que no… y quizá no importe que te quedes sordo si es por un bien mayor, de modo que algo tiene que haber para que ese patinador de piedra esté donde está.

Lograr una cita con el concejal es más difícil que conseguir las del especialista de la Seguridad Social, y yo, mientras tanto, he seguido  dándole vueltas al serrín de mi cabeza, tanto, que recordé cuando era pequeña y mi primo casi me rompe las piernas estrenando su monopatín… y…. no, por eso no creo que se hagan estatuas…

La gente se ha acostumbrado a la figura, pero yo sigo erre que erre intentando averiguar por qué tiene que estar allí, a pesar de que sé que me importa un bledo…pero hace poco que se me encendió una luz… ¡Claro, tiene que ser eso! ¡Es un skater famoso! aunque en el pedestal no había visto ningún nombre, la verdad… pero ¿qué otra explicación puede haber?

 

Aún no tengo cita en el cabildo, creo que el concejal está ocupadísimo inaugurando carreteras y polideportivos, lo último que supe es que había estado en una fiesta para recaudar fondos y necesitaba descansar de tanto estrés, pero en cuanto la consiga, y me entere de más cosas, continúo contando esta historia, a ver si consigo ponerle fin…

 

 

Cómo volver.

Comienzo una nueva andadura.

A partir de una imagen; mis fotos o foto-montajes, escribiré una de las múltiples historias que cuentan… ¡Hay tantas posibilidades…!

 

 

A lomos de un buen libro.

¡Estuve tanto tiempo caminando por el desierto…! obstinada, sin mirar la brújula, sin encontrar el norte, sin escuchar las voces alrededor… y caí en un sueño febril, alucinado, caliente. La arena me quemaba el rostro, pero yo no hacía nada por evitarlo. En mis ojos cerrados se representaban sombras rojas, naranjas y amarillas, y yo no quería abrirlos, no, era demasiado esfuerzo, quería dormir sin soñar… ¡Dormir sin soñar! Negarme a mí misma, abandonar mi ser, despojarme de mi alma, dejar de soñar…yo, que soñaba despierta…

A lomos de un buen libro. Foto montaje de Mª Gracia Morales

 

Y entonces llegaste tú, majestuoso, lleno, fascinante, y me ofreciste tu lomo, y me dejaste cabalgar de nuevo sobre ti, y me llevaste lejos de ese desierto maldito que intentaba comerse mi fantasía… Ahora reposaré tranquila entre tus páginas, descansaré y volveré a soñar, y engendraré nuevas cabalgaduras como tú, que saquen del desierto mortal a otros soñadores perdidos… abandonados al calor asfixiante de sus arenas eternas…