¿Dónde está mi libertad?

Siempre he considerado la libertad como mi bien más preciado y la he defendido a ultranza. Sin embargo esta mañana me levanté con una gran pesadez de hombros y al mirarme en el espejo vi el enorme nudo que adornaba mi cuello… Me quedé perplejo. En un principio pensé que era una pesadilla, pero no tardé en darme cuenta de que estaba despierto y bien despierto…

Sin libertad
El nudo de la libertad. Fotografía de Mª Gracia Morales

Después de una lucha a brazo partido con el enorme lazo me rendí agotado, ese nudo era demasiado fuerte.

Toda mi vida había peleado para evitar esto, escapé de cualquier compromiso que pudiera comprometer mi independencia y sonreía cuando veía que otros no eran tan hábiles como yo. Ese nudo era un error del destino…

Yo sabía preservar mi libertad intacta

y aquello no tenía sentido. ¿A qué me había atado? Cualquier ligadura que hubiera tenido en el pasado la había deshecho en algún momento, yo no vivía encadenado a nada ni a nadie.

Me había quedado sentado en el suelo después del esfuerzo por soltarme y así permanecí un buen rato. Cuando se me pasó el sofocón empecé a reflexionar sobre mi vida y recordaba los momentos en los que usé mi facultad de elección para no perder nunca mi autonomía: aquella novia posesiva que creyó que me tenía en el bote… mi hermano queriendo que entrara en el negocio familiar… mi ex mujer haciéndose la víctima… ni siquiera tenía hijos que atender, mis padres no necesitaban mis cuidados y trabajaba como freelance… ¿era o no un hombre libre?

Pero había una idea molesta intentando abrirse camino en mi cabeza,

había algo a lo que debía seguir atado y no me daba cuenta. Quería que ese pensamiento tan incómodo fluyera, pero se hacía de rogar. Era como un sueño del que eres consciente y del que quieres despertar pero no puedes.

Me levanté e intenté otra vez desatarme sin mucho entusiasmo, sin embargo esta vez me pareció que el nudo cedía, pero sólo fue una sensación, al tirón siguiente me di cuenta de que era inútil.

¿Qué podía hacer con aquello? Me pesaba mucho y era molesto. No podía pedir ayuda a nadie, ¿Cómo iba a hacerlo? Yo era el paradigma del hombre sin ligaduras y, además, cualquier favor que se pide te compromete con quien te lo hace y es un signo de debilidad…

Me preparé el desayuno y comprobé lo difícil que era tomar café, quitarse las migas del bollo o lavarse después los dientes… ¡Ah qué desgracia me había caído encima!  Y además estaba el tema de salir a la calle con esa corbata tan extraña… eso es vivir atado de verdad… y la molesta idea que me acechaba seguía allí, revoloteando y rebotando en las paredes de mi cerebro, buscando un resquicio por el que colarse. ¿Qué me ataba y por qué no sabía lo que era…?

Se me ocurrió ir a la caja de herramientas para ver si podía romper aquel mamotreto pero cualquier cosa que encontraba era muy difícil de usar con el adorno que llevaba puesto…

Mientras me liaba a martillazos con cuidado de no romperme nada, ese pensamiento que pujaba por salir encontró un agujerito e inundó mi mente dejándome paralizado… el martillo me cayó al pie para rematar la jugada y aumentar mi disgusto… Ni siquiera podía pensar en el dolor porque me resultaba imposible creer lo que acababa de descubrir. Yo, el modelo de hombre libre, el ejemplo de independencia, tenía que confesarme a mi mismo que toda mi vida estuve atado y lo peor era que yo y nadie más apretaba el lazo, yo mismo me encadené y procuré que la cadena fuera cada vez más fuerte, yo me aseguré de que jamás saldría de mi prisión… yo y sólo yo me até a mi libertad… perdiéndola…

 

 

 

 

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