¡Ah, la libertad…!

No sé si es necesario, pero me voy a presentar:
Soy un agaporni de color verde  y azul con algún toque negro y gris azulado, no soy un ancestral… ¡qué le vamos a hacer…! Llevo en este mundo poco más de dos meses y casi toda mi vida la he pasado con mi congénere blanquito, casi albino, que salió de la misma nidada que yo, aunque unas horas más tarde.

Me llaman Romano, no porque haya nacido en Roma, no, sino por mi compinche, que como es prácticamente blanco, parece albino y de ahí los nombres: Albina y Romano… ( En realidad no tienen ni idea de si somos machos o hembras, pero les suena bien… jajaja…) Pero bueno, me estoy desviando del tema. La familia con la que vivimos se fue de vacaciones y nos llevaron a nosotros también. Acabábamos de pasar de la papilla al alimento sólido, y nuestros “piares” empezaban a dejar de ser graznidos. También sentíamos que nuestras alas cogían fuerza y emprendimos nuestros primeros vuelos, con sus correspondientes coscorrones… no importa, volar es una cosa estupenda…

Poco a poco adquiríamos precisión en los aterrizajes y atinábamos cada vez más al otear nuestro objetivo. Ya podíamos ir muy lejos… pero sólo dentro de la casa…

En el chalet de las vacaciones había un patio-jardín con flores y plantas de muchos colores y nos sacaban para que nos diera el aire y viéramos la luz del sol, era maravilloso. En Madrid no teníamos esas cosas. De vez en cuando alguien metía la mano y nos cogía para juguetear, supongo que pensaban que nos gustaba, pero no era así. Nosotros preferimos estar libres y que no nos achuchen demasiado, aunque os digo la verdad, acabas acostumbrándote e incluso le llegas a coger el gusto.

Un día de esos en que quisieron cogerme, abrieron la puerta y yo me preparé para huir. No me cogió, sólo me persiguió un ratito y me dejó en paz pronto, pero tuvo un despiste garrafal: se dejó la jaula abierta… ¡Qué más quería yo…!¡Era mi oportunidad de volar lejos, de vivir mi vida sin tener que aguantar las manos que me perseguían y el pico de mi compi…! No lo dudé un instante, volé todo lo lejos que pude para alejarme de allí cuanto antes.

 

Albina y Romano a la luz de la vela  Cinemagraph de Mª Gracia Morales

 

Iba de árbol en árbol, feliz y contento, sin barrotes, sin manos, sin compañero y… ¡y sin comida…!

¡Vaya! ¡La libertad no era como yo me había imaginado!

No os voy a aburrir con mis aventuras fuera de la jaula, quizá en otro momento, sólo contaré que pasé la noche más larga de mi vida. Debo confesar además, que no me fui tan lejos como me hubiera gustado, echaba de menos esas manos juguetonas, el pico de mi compañero y, sobre todo, la manduca… ¡tampoco se puede ser libre sin comer!

Por la mañana sacaron la jaula con Albina que también había sufrido mi ausencia y me llamaba. No me pude resistir, le contesté, y me fui acercando poco a poco al patio donde me reclamaban. Las llamadas eran cada vez más fuertes, cada vez más apremiantes. Revoloteé un poco para ver dónde posarme y al fin me coloqué sobre la valla del patio, muy cerca de la jaula. Al verme, la cambiaron de lugar para que me fuera más fácil llegar a ella, les alegraba mucho volver a verme.

Por fin aterricé sobre los barrotes de mi casa y me dejé coger. Me llenaron de besos y me pesaron, había perdido diez gramos, de cincuenta que pesaba el día anterior.

El rato siguiente me lo pasé devorando los granos de comida que generosamente habían depositado en el comedero, porque sabían que volvía con mucha hambre…

Todos estábamos contentos, aunque yo tardé en reponerme del susto, me había sentido solo y desamparado y pasé mucho miedo.

Ahora vivo feliz con Albina y la familia que nos cuida. Algunas golondrinas que conocí en aquella escapada se burlan de mí y me desprecian porque creen que vendí mi libertad por comida, ellas viven en nidos que construyen con gran tesón y yo vivo en una caja con un nido de madera que ya estaba allí cuando me instalaron, ellas buscan su comida para criar a sus polluelos y yo sólo tengo que agarrarme a un comedero que siempre tiene granos… pero no soy menos libre por eso, al contrario, pude elegir entre quedarme fuera o volver, y opté por volver donde sabía que me querían… aunque eso suponga volar en un piso.